Este fin de semana he conocido y compartido unas horas con la familia de una amiga nicaragüense, la familia de Don Julio González. Y lo que creí sería una escapada al campo para desconectar de la ciudad, del calor y del trabajo en la obra; se convirtió en uno de esos encuentros que te marcan de verdad, y que te hacen abandonar por unas horas el escepticismo con el que muchas veces vamos cargados en occidente.
Y lo que al principio parecía una sorpresa agradable se transformó en un privilegio, y ahí en un honor, y de ahí en un agradecimiento sincero por haber podido conocer y compartir esas horas con ellos.
Porque hay pocas cosas en la vida que me produzcan más satisfacción que conocer a personas así. Gente del campo, sencilla, noble, generosa. Gente que te mira por lo que dices y haces, no por quién eres o puedes regalar. Gente que te abre su corazón, su casa, sus pocas pertenencias. Gente con defectos…¿quién no? …pero que se comporta y habla de forma sincera, sin medias vueltas, mirándote a los ojos con una mezcla entre timidez y curiosidad. Gente trabajadora, que hace lo que puede por sacar sus vidas adelante en este difícil país; gente que no te pide, gente que te da, que comparte su mejor plato contigo, que no puede verte de pie sin ofrecerte una silla. Gente humilde, pero que no se avergüenzan de ello, porque lo poco que tienen se lo han ganado con esfuerzo y trabajo.
Chavales que aún encuentran placer en la vida que les ofrece vivir en plena naturaleza; andando descalzos por la hierba aún mojada, metiendo los pies en el barro y tirando piedras en las charcas, subiéndose a los árboles para comerse ese mango dulce y maduro, corriendo por los caminos y atravesando las huertas, esperando encontrar esa poza de agua limpia y clara para darse un buen baño.
Chavales que no disfrutan de las comodidades de nuestra vida moderna, chavales con necesidades sí…pero chavales aún no agobiados ni atrapados por el ritmo de vida que les hemos impuesto en nuestra sociedad, que aún no conjugan frases como “cómprame esto, dame lo otro, quiero aquello, no me gusta eso”
Enanos que quien sabe porque razón aún disfrutan de los placeres sencillos y cotidianos, que aún se alegran de forma espontánea cuando les regalas un helado, y te lo saben agradecer de palabra y con una sonrisa sincera.
Ha sido un placer increíble volver a sentirme un poco como ellos, volver a saborear por unos instantes esas sensaciones de libertad y frescura, de amistad y risas juveniles que desde hace tanto tiempo no sentía, y que parecen dormidas y olvidadas en algún rincón de la memoria. Gracias chicos.